Mátame.

Mátame.

Olvida todo aquello que podríamos haber llegado a hacer juntos.

Que no se te ocurra soñar por ambos sin mi permiso.

Desprecia cualquier ápice de deseo

que te hayan podido anhelar las yemas de mis dedos.

 

Mátame, si es que es necesario.

Destiérrame de tus recuerdos.

Miéntete si algún día el roce del viento

te recuerda a lo que experimentaron nuestros cuerpos.

Ahógame en un mar de pesadillas,

para finalmente enterrarme en la orilla.

 

Mátame, por favor.

Te lo pido a ti, a quien he mirado directamente a los ojos

tan cerca como lo hace una pareja justo antes y justo después de un beso.

Te lo pido a ti, a quien no he podido evitar imaginarme despertando a mi lado

tras soltarte el pelo tan naturalmente mientras te dirigías hacia mi.

Te lo pido a ti, a quien he explorado cada centímetro de piel que me ha sido posible

con la curiosidad y el asombro dignos del más inocente niño pequeño.

Te lo pido a ti, a la persona con la que he viajado más lejos que nunca,

sin desplazarnos más de un par de metros cuadrados.

Te lo pido a ti, a la persona con la que mejor he sabido compenetrarme

y que me ha llevado en volandas hasta el techo de esta pista de baile.

Te lo pido a ti, a esa persona de quien no sabía absolutamente nada,

y que tras tres minutos de canción y de baile compartidos,

aun no sabiendo nada, quiero saberlo todo.

Y es que es acojonante, cómo después de desnudarnos del modo en que lo hemos hecho,

me de vergüenza preguntarte cómo te llamas. Aunque supongo que eso da igual.

 

Por eso mismo, mátame.

No dejemos que esta maravilla se contamine.

Mátame, para que jamás pueda terminar.

 

Solo espero que si algún día nos encontramos,

sepa reconocerte, y me atreva a tenderte la mano.

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Marea alta.

Volver al mar.

Observar con las pupilas de los dedos

la cala que forman nuestros deseos,

poco a poco abriéndose paso mar adentro.

 

Fina arena,

que acariciamos con las yemas de los ojos.

Empaparnos los labios de sal, y besarnos,

al ritmo de las olas, que se acercan pidiendo perdón.

 

Banda sonora que nos brinda la brisa.

A la percusión están odiosas gaviotas,

ríen incesantes al poder ser testigos

de tan ridícula declaración de amor.

 

Mofa que no cesa, e incluso se aumenta,

al ver abandonar su caparazón las almejas,

dispuestas a virar todo su barco a babor

y regalar su preciada perla a idealizadas musas.

 

Sin saber que su fatídico final,

sería la más que accidentada paella

de un par de enamorados idiotas,

a los que se les fue la mano con la puta sal.

Poéticamente incorrecto.

Perdóname, pero hoy no vengo a hablar de ti,

tampoco de la lluvia que nos ha mojado en abril,

de que tanta agua nos ha hecho, por fin,

volver a encender nuestro añorado candil.

Perdóname, pero hoy ni tan siquiera vengo a hablarte a ti.

 

Hoy el papel será espejo,

en el que ver el reflejo

de mi vaso medio lleno.

Hoy vengo a mirarme sin miedo,

a gritarme todo lo que tengo

pero dejé enterrado hace tiempo.

Hoy vengo a ser poéticamente incorrecto.

 

A decirme que sé mucho más de lo que pueda aparentar,

que puedo hacer que desaparezca todo lo demás si la saco a bailar,

que a quien me tiene, siempre estaré dispuesto a escuchar,

y que, joder, yo también soy capaz de volar.

Que hay días que me levanto y me veo jodidamente guapo,

que se me da de lujo soñar de madrugada aunque no me entre el sueño,

que me gusta mucho cómo escribo,

y que realmente, creo que me la merezco.

 

Hoy he venido a decirme todo esto,

porque quiero y porque puedo.

Aunque posiblemente mañana todo vuelva a la normalidad

y dé las gracias murmurando cuando alguien me venga a halagar,

o agache la cabeza cuando me miren a los ojos y me digan que soy de verdad.

 

Los cuervos empiezan a cantar,

las campanas vuelven a sonar,

y este será el epitafio bajo el que mi cuerpo yacerá.

Sólo os pido que no me vengáis a rezar.

Falacias.

Miedos que se esconden

tras acciones que no me corresponden.

Memorias que utilizo para empapelar mi piel,

mientras te digo,

mirándote a los ojos,

que ya están más que enterradas en el ayer.

 

Y así es como miento a diario.

Te miento a ti,

y me miento a mí.

Pues siempre llega el reencuentro,

jamás llegan los recuerdos

a estar del todo muertos.

 

Que tengo los bolsillos llenos de pelusas

y me limito a cerrar la cremallera,

en vez de pasar la aspiradora

por las esquinas de mi alma.

Que por mucho que escueza,

tendré que algún día cerrar la herida.

Ya que si no lo haces de esta manera,

el cuerpo no olvida.

[Los 52 golpes] – #Golpe 2 – “Diluvio.”

Querida Lluvia,
cuánto has tardado este año en llegar.
Te he echado de menos,
no te lo voy a negar.

Gracias por venir,
me has hecho recordar que aún el invierno no se acaba.
He de decir
que me daba miedo dejar de sentir
el intenso frío que cala,
sus manos heladas acariciándome el alma.
De esta historia no escribir más,
en cuatro míseras páginas tener que llegar al final.

No quiero que todo esto se acabe,
que llegue el calor a las calles,
marchándose así de los cuerpos,
dejándolos helados y desiertos.

Perdóname Lluvia,
si esta noche no te atiendo.
Excúsame, querido papel,
por hacer que este poema aquí acabe.
Pero hoy me voy con mi tinta a su piel,
he de seguir trazando líneas
entre gloriosas curvas.

Cuentos y patrañas.

Tremendo caos en el que te ves sumida,

no creías que llegaras a sentir esto en vida.

Que mientras estuvieras en pie

todo iría bien.

 

Ahora te das cuenta de que todo es mentira,

de que no todos los laberintos tienen salida,

de que aquellos hermosos cuentos

quizás solo existan en sueños.

 

Como si de un virus se tratara,

la tristeza se propaga.

Araña las paredes de su jaula,

que ahora es tu alma.

 

Más, seguro estoy,

de que pronto el mañana será hoy.

De que alcanzarás la superficie de este profundo mar,

de que todo esto será algún día algo que recordar,

y no por lo que tener que llorar.

[Los 52 golpes] – #Golpe 1 – “Eso somos.”

Vivimos por y para pisar a los demás.
Eso somos.
En eso nos hemos convertido.
En escaladores natos, buscando la cima por encima de todo.
Sin importar a quién dejamos atrás, olvidando quien te ha hecho estar donde estás.

Sin que el pulso tiemble, al machacar un alma inocente.
Arrancarle las alas, robando sus ansias y ganas de volar.
He visto luminosos ojos, olvidados en un indefinido apagón.
Sueños enredados en largos cabellos, desahuciados con despecho.
Labios de ensueño, resquebrajados por el frío de la soledad.
Mapas que decían esconder el mayor de los tesoros bajo tu piel, enterrados bajo una densa capa de polvo.
Pulmones que han olvidado lo que es el aire limpio, por vivir en una tóxica atmósfera.
Corazones rodeados de telarañas, cansados de no poder latir.
He visto verdaderas obras de arte, convertidas en la mayor de las ruinas.

Eso somos.
En eso nos hemos convertido.
En miserables asesinos de nosotros mismos.

 

 

http://www.los52golpes.com/2018/autor/manu-sanchez