Una mañana más.

Y allí estaba ella, una mañana más, como todos y cada uno de los días de la semana, acercándose a mí. De lejos veo venir su inconfundible e innata belleza, esa que me tiene en vilo desde los primeros días que apareció en mi vida, esa que desprende a cada paso que da. Poco a poco y progresivamente mi atención se va centrando únicamente en ella, haciendo que me quede completamente anonadado por unos segundos, haciendo que casi sin darme cuenta, el frío mañanero que poco antes se adueñó de mi cuerpo, desaparezca por completo. La tengo a pocos metros y casi puedo notar el dulce olor de su pelo apenas peinado, o escuchar la música que sale de sus cascos. Es entonces cuando aparece esa sonrisa, esa sonrisa que hace que su cara se convierta en la mayor de mis utopías, esa sonrisa que día tras día, me da la vida, y al mismo tiempo me mata poco a poco; es entonces cuando surgen de mi interior esas ganas casi incontrolables de decirle todo lo que me encanta, de acabar con este silencio que me tiene encarcelado. Pero en cambio, de mi boca solo es capaz de salir un buenos días, a veces casi imperceptible.

Como cada mañana, es solo una más, y ya he perdido la cuenta.

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