Es extraño.

Es extraño.

De repente, parece que el tiempo no ha pasado.

 

Las calles vuelven a estar condenadas al solitario destierro.

La ropa de invierno aparece en tu armario casi sin que te des cuenta. Ahí están las mangas largas, mirándote sin cesar, deseando ser elegidas para cubrir de nuevo tu piel, esperando retomar todas esas historias que aún estaban a medias cuando las guardaste en el cajón, para dar paso así a las mangas cortas.

Los poros de la piel vuelven a abrirse, gritando y casi exigiendo el calor que durante el verano les proporcionó el sol, rompiendo así un silencio que duró meses.

 

Es extraño.

Como cuando limpiando tu habitación, encuentras esa caja donde metiste todos esos cachivaches antiguos que pensabas que ya no te iban a hacer falta; pero que les cogiste el cariño suficiente como para no tirarlos a la basura. Y los vuelves a repartir por los estantes de tu cuarto.

 

Es extraño.

Porque, no piensas que todo lo que estás sintiendo, todo lo que estás recordando, sea malo. Pero tampoco sabes si te hará bien.

De momento sólo sabes que te está haciendo sentir algo, y con eso te vale.

 

Es extraño.

Pero resulta familiar.

 

Quizás, sea lo menos extraño que has sentido en mucho tiempo.

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